Querido diario, he vuelto.

El 14 de septiembre te escribí por última vez, pero aún te quedan un montón de páginas en blanco. Me ha vuelto a pasar como cuando te retomé, aquel día raro en el que decidí volver a escribirte. Te he encontrado en un cajón y después de releerme las últimas páginas, además de remover ciertas cosas, me han vuelto a entrar las ganas de decirte que me sigue gustado el sushi precocinado, hacer plastilina y oler ambientadores. Ahora me ha dado también por el té de maracuyá. 

Cuatro meses dan para mucho. En cuatro meses me he ido de viaje a Bombay y me he acostado con un guía indio (es una auténtica experiencia. Equiparable con visitar la muralla china o algo así), he adoptado a Terry 2, me he cambiado de piso, de cabeza y… de hombre.

De trabajo no, sigo en el mismo. La verdad es que mi jefe se portó muy bien. Después de dejar el trabajo, fue él el que me llamó para decirme que me necesitaban. Que me tomase un tiempo, pero que volviera. Y claro, es que las tostadoras no se venden solas, así que volví. No he cambiado de trabajo, pero sí de despacho. Y ahora no sólo vendo tostadoras sino que…¡enseño a venderlas! Me propusieron dar conferencias a estudiantes sobre estrategias de venta y marketing, yo, que no tengo ningún tipo de formación sobre ese tipo, pero es como todo. Había que retomar las riendas y comencé haciéndolo dando conferencias sobre cómo convencer a alguien para que compre un tostador. No se me da mal, la verdad.

Con el dinero que estoy ganando de estas clases de las que hasta yo misma me sorprendo de la capacidad teatral que tengo, me cambié de piso. Carla vino a vivir conmigo hasta hace un par de semanas, cuando por fin volvió a casa de mamá. Ha sido entre una pesadilla y una buena experiencia. Ese punto medio indescriptible en el que no hemos llegado a matarnos. He aprendido de ella y ella me ha quitado la ropa, pero bueno, he aprendido a que los jóvenes de hoy no son como los de antes, por decir algo.

Dejé mi casa de Pinypon y me he cambiado a otra de Playmobil. El tamaño no ha cambiado, pero esta es más bonita. He pintado cada pared de un color con una frase en un idioma diferente, para recordármelo cada día si me apetece porque, si no me apetece, con no esforzarme en pensar qué significaba es suficiente.

Mi sofá lleno de telas y cojines sigue igual. Y mis plastilinas. Ahora estoy haciendo una india. Es para Ángela. Tiene 7 años y está ingresada en el infantil por un accidente que tuvo con su padre. No llevaba el cinturón. La india sí que lleva. De plumas y conchas, pero lleva.

Como te contaba, Terry 2 está ya en casa. Me negaba bastante a que otro sustituyera a Terry 1 pero no pude resistirme cuando Sáimon me lo trajo, en una cajita de cartón, con los ojos como platos mayas en un azul atlántico increíble. Terry 2 (así se llama, literalmente) es pequeñito y negro. Completamente negro. Cuando le vi pensé: uf, mal fario. Y al segundo volví a pensar: ¡a la porra el mal fario! ¡Bienvenido! Y hasta hoy. Tiene dos meses y nos llevamos bastante bien excepto cuando se columpia de las cortinas, donde discrepo con él en la forma de diversión.

Lo de que he cambiado de hombre… mmm… uf, es que ahora mismo estoy en un taxi y es bastante largo de contar, pero Álex, como todos los hombres, me volvió a traicionar. Después de dejarle yo, volvimos, aproximadamente a los dos meses de la gran tormenta. Una semana más tarde me dejó él y otra después le vi con su ex, esa de la que tanto desconfiaba. Ya me decía a mí mi olfato que olía raro cuando su corcho estaba lleno de sus fotos.

Y sobre James… Ay James.

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Allá donde estés

Después de que Terry se marchase, llegase la pequeña Zoe y la familia recobrase cierta alegría, el 19 de julio, todo volvió a caer en picado.

Habíamos estado todos juntos, en mi casa, haciendo pucheros a la pequeña. Carlos, Sally, Zoe,  Mamá, Sáimon, Carla, Álex, Papá y Emma. Después de horas tomando fantas, cocacolas y mandando callar en cuanto había una voz más alta que la otra para que la pequeña no se asustara, llegó la hora de irse. Estaba realmente agotada. Papá, Emma y Carla fueron los primeros en irse. Mamá se quedó un rato más con Carlos y conmigo. Su cara brillaba de felicidad al vernos juntos después de todo lo que habíamos pasado.

Zoe dormía cuando una hora después, sonaba mi teléfono móvil. Mamá se había ido hace media hora y me avisó cuando llegó a casa.

Era un número que no conocía.

-         ¿Hola?

-          Hola…?Es usted familiar de Carla Garzua?

-          Sí, es mi hermana… ¿quién llama?

-          Somos de Emergencias. Le llamo porque han sufrido un accidente y están de camino al Hospital.

-          ¿Cómo?¿Dónde?¿Están bien?¿Qué ha pasado?

Empecé a ponerme muy nerviosa.

-          Vaya al Universitario y pregunte por ellos, están de camino.

-          ¡¡¡Pero dígame qué ha pasado!!!

-       El accidente ha sido bastante aparatoso, están graves.

Colgué. Empecé a hiperventilar. Me quedé muda.

Todos me gritaban que qué ocurría y yo empezaba a llorar, con un nerviosismo extremo:

-          Papá, Carla y Emma han tenido un accidente.

Carlos empezó a sudar y al segundo dio un puñetazo en la pared. Sally empezó a llorar y a recoger las cosas. Marta se hizo cargo de Zoe y junto a Sally y Carlos, Álex también me acompañó al Hospital.

Al llegar, cuatro enfermeras salieron a nuestra búsqueda cuando dijimos que éramos familiares. Nos metieron en una sala, nos sentaron, nos trajeron a un doctor muy entero y entonces fue cuando llegó el derrumbe:

-         Sus familiares han tenido un accidente. El golpe ha sido muy aparatoso y grave; un coche se saltó la mediana y se empotró de frente contra ellos. El conductor y el acompañante delantero han muerto. La joven está en la UCI, fuera de peligro.

Nunca en la vida había experimentado la sensación del estado de shock. Nunca en la vida había pensado que nada así pudiera ocurrir. Creo que las lágrimas se me congelaron, porque tan sólo pude mantenerme mirando al frente. Dejé de escuchar, dejé de ver, dejé de sentir. En ese momento, media vida mía se había con mi padre.

Carlos comenzó a chillar y Sally y unas enfermeras se lo llevaron. Álex permaneció mudo. Sólo me abrazaba. Yo no quería abrazos. Seguía intentando irme con mi padre de alguna manera.

Después llegó el momento de llamar a mi madre y el horror se palpó y se olió en las salas del Universitario.

Carla sufrió un fuerte traumatismo craneoencefálico del que milagrosamente está logrando salir, a más de un mes del siniestro.

En mis sueños, cada noche, veo a mi padre intentar abrazarme. Nunca lo consigo, siempre me despierto. Y lloro por no conseguirlo. Mi padre era mi vida, mi apoyo, mi seguridad interior, mi fuerza.

Mi madre continúa con una gran depresión que Sáimon intenta hacer más llevadera. Carla, además de su recuperación, también sufre depresión desde el día que se enteró. Yo me quedé prácticamente sin habla, sin vida, sin emoción.

Carlos y Sally vinieron a España y están en casa de mamá mientras que ultiman detalles en la compraventa de su casa. Carlos dejó su trabajo y afortunadamente, Sáimon, le ha ofrecido un puesto en su empresa para que pueda estar más cerca de mi madre. La pequeña Zoe tan sólo se quedará con el beso que su abuelo le dio poco tiempo antes.

He dejado mi trabajo. He dejado a Álex. Dejé de quererle. No por él, sino por mí. Dejé de querer a nada, ni nadie. No tenía fuerzas para compartirlas con nadie. Ni quería. Sigo sin querer. Ahora ultimo detalles para marcharme lejos de aquí.  Estaré en contacto con mi familia, pero creo que necesito alejarme de aquí. Las pesadillas me persiguen. Necesito buscar la felicidad que mi padre quiso en algún otro lugar. Todo está en cajas y no tengo nada planeado. Me quedé sin fuerzas, sin lágrimas, sin nada. Ahora espero el momento en el que sienta que mi padre, donde quiera que esté, me llame y me empuje a la vida de nuevo.

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Volar y caer

24 de julio

Querido diario, tan sólo han hecho falta 24 días desde la última vez que te escribí para que la vida haya dado otro de sus giros. Debería contárselo al psicólogo que me han recomendado, pero prefiero contártelo a ti. Me das mucha más confianza, sé que nunca le dirás a nadie nada.

Desde la última vez, mi vida se quedó en frustraciones amorosas entre James-Álex, Álex-James… que hoy quedan obsoletas y microscópicas con las cosas que la vida es capaz de hacer y deshacer. Es como un gran circo. Con grandes actuaciones de malabaristas, payasos que a veces nos hacen reír y un telón que se cierra. También la comparo con la Play Station. Con tus 3 vidas y un game over. Lo malo es que después no puedes volver dar a Reset para seguir como si nada.

En fin…

Rebobino hasta el 3 de julio, día en que de repente, James, me dice que olvide todo. Con Ash está fenomenal y espera que Álex sepa apreciar “mi belleza”. Cosas de ingleses… A mi me dejó un poco a cuadros, pero bueno, así sería… O eso creía.

Ese mismo día recibo un email de mi hermano Carlos. Quiere que vaya a Inglaterra. Hay una gran sorpresa y quiere que sea la primera en saberlo. La primera… y si hay alguien más, pues también. De repente sólo pensé en que quería que allí estuviera Álex, a mi lado, porque sí, porque no había más razones. Así que el 4 de julio pedí mis vacaciones. Lo hice todo de forma muy rápida, tuve que cambiar periodos con compañeros, blablá blablá pero al final conseguí mis vacaciones para el 6, que era cuando a Álex también le darían unos días libres. La idea de ir a Inglaterra le pareció genial. Y parece que también le entusiasmaba la idea de conocer a Carlos. Le puse en situación y tan sólo me dijo una de sus palabras mágicas: “Todo irá bien”.

Yo estaba muy nerviosa. Pero en fin, el 6 nos iríamos a Inglaterra a ver después de más de 5 años a mi hermano, a conocer a Sally y a conocer esa sorpresa que me quería dar en primicia.

Sin embargo, el 5, empecé a echar de menos a alguien. No, ni Sergio, ni James, ni nadie. A Terry. Mi gato. Hacía días que no le había visto aparecer por casa. Sabía de buena mano que estaba completamente in love de la gata de una vecina y como lo ha hecho más de una vez, se iba durante un par de días a “su casa” y después venían los dos “a la mía”. El caso es que Terry no había venido en más de 5 días. Álex lo vio por última vez una mañana cuando se marchaba a trabajar y yo también, que curiosamente le di un beso cariñoso en la frente porque me maulló como envidioso de que los besos se habían ido todos para Álex y él también quería. A pesar de odiarle, en el fondo, le quería. Cuando llegué a casa, el 5 de julio, la vecina de la gata de la cual estaba in love y la cual a la vez estaba in love de los dos gatos, me trajo en una caja de cartón a Terry. Le habían atropellado. La vecina estaba completamente en estado de shock y yo entré en otro porque no creía que Terry, el gatito que había visto crecer mientras nos odiábamos a muerte pero que sin embargo, no podíamos vivir el uno sin el otro, no me miraba. No respiraba. Estaba sucio y tenía una herida en el costado. Y los ojos cerrados.

Llamé a Álex llorando, que salió del trabajo como si no hubiera un mañana y vino casi volando en un taxi. Cogimos el coche y nos acercamos al veterinario más cercano. No se pudo hacer nada más. Me mantenía fría, constante, perpleja, callada, pálida, hasta que el veterinario salió y nos dijo: “Lo siento mucho, no podemos hacer nada por él”.

Tan sólo me salió tragar saliva y mirar a ninguna parte al tiempo que algunas lágrimas empezaron a correr por mi cara. Seguía sin creerlo.

Salí a la calle, me senté en un bordillo como ausente de la situación y del mundo y empecé a jugar con el cascabel que me dio el veterinario de Terry. Álex se ocupó de todo.

Esa fue la última vez que vi a Terry. Al día siguiente nos íbamos a Inglaterra y la verdad, no tenía ninguna gana. Me sentía culpable por haberlo odiado. Me daba cuenta de que de verdad, ese gato era realmente especial. Era solitario, como yo. Enamoradizo, como yo. Y pelirrojo, como yo.

Llegó el día de irnos. En el aeropuerto Álex no conseguía hacerme sonreír con alguna pajarita que hizo con una hoja de revista que compramos en la terminal. Me abrazaba. Me acariciaba el pelo y me decía que por fin íbamos a ver a Carlos. Intentaba cambiar de tema, pero yo seguía con Terry en la cabeza.

Ya sé que era un gato. Pero para mí no era un gato sin más.

6 de julio: Carlos nos espera en Heathrow. Se habían mudado recientemente a una casita tipo película de sobremesa inglesa, a las afueras de Londres. Sally estaba en casa.

Presentaciones, impresiones, abrazos, lloros, miradas. Volvía a ver a mi hermano. En un abrazo se fundieron todos los rencores. Pareció caerle bien a Álex. Y viceversa.

En el coche le conté como estaba la situación familiar y lo de Terry. Me puse otra vez a llorar y por primera vez sentía un abrazo de mi hermano como nunca antes lo había hecho.

Me dijo: “tranquila, todo va a ir bien a partir de ahora o al menos, vamos a intentarlo”.

Le pregunté por la sorpresa… y no me dijo nada. Sólo nos dijo: “tenéis que esperar”.

Pero tuvimos que esperar unos kilómetros más, porque cuando llegamos, que por cierto, era una casita REALMENTE PRECIOSA, con su valla de madera, sus plantas, sus árboles, su tejado en pico, sus paredes cubiertas por enredaderas… vi por primera vez a Sally.

Una rubia inglesa, de ojos claros como el mar y con una barriga más grande de lo normal.

De repente nos quedamos todos mirando como si no supiéramos qué hacer y fue cuando Carlos comenzó a gritar de alegría diciendonos que estaban esperando a …¡Zoe!

Volví a entrar en estado de shock. ¿Zoe? ¿ZOE? Y volví a llorar. Abracé fuerte a Sally, como si nos conociéramos. Carlos a Álex. Y después Carlos me abrazó diciéndome que su hija quería que se llamase como su hermanita pequeña, la que siempre le había traído tantos problemas, pero a la que más quería en el mundo. Que estaría orgulloso de que fuera su madrina y que era una sorpresa para la familia. Me hizo ir porque Sally estaba a punto de salir de cuentas, tanto, que fuimos testigos del parto dos días después.

Carlos quería que estuviese allí. Ni mis padres, ni Carla, ni nadie sabía lo que estaba pasando. Sólo nosotros. Álex parecía vivir constantemente en un estado de sorpresa que no daba crédito. Carlos tenía una cara de entusiasmo y felicidad que no conocía, Sally sonreía, muy dulce y orgullosa y yo, en mi natural estado de shock, miraba a “Zoe” mientras la sostenía en mis brazos una vez que pudimos pasar después del parto.

Zoe. La pequeña Zoe. Apenas lloraba. Y era pálida como el hielo. Ya teníamos parecido.

Ese cuarto del hospital se llenó de amor, ilusión y cariño. Olía a vida.

Álex me dijo unas horas después, cuando tomábamos algo en la cafetería, algo que me hizo sonreír y recordar porqué mi intuición me dijo aquel día en el Carrefour que ese chico era especial:

“¿Ves Zoe? Unos vienen, otros van. Pero todos pasan por tu vida y te agradecen tu sonrisa. Terry seguro que ahora mismo está agradeciendo verla. ¡Porque estás sonriendo! Y la pequeña Zoe, en su primer día de vida, te ha dedicado otra…”

Esa noche, la noche del 8 de julio, no pude dormir. Tenía una mezcla de sensaciones y sentimientos que jamás había experimentado. Aún seguía acordándome de Terry. Se había ido tan de repente… Pero la pequeña Zoe había llegado en el momento exacto. Era como un pequeño ángel que venía a rescatar mi sonrisa. Y mi Carlos, mi consejero.

Sally era especialmente dulce, amable, cariñosa y calmada. Sonreía continuamente con Zoe en brazos. Ya estaban en casa. 4 días después de nuestra llegada, habíamos vivido una especie de película en tan sólo horas. Había sido intenso.

Los siguientes días fueron más calmados. Esperamos una semana más y el día 18 de julio, después de pasear por Londres, pasear por los campos ingleses, comer fish&chips, hablar, hablar, comprar tonterías para la pequeña Zoe, porque ahora todo giraba en torno a ella… nos fuimos a Madrid.

Habíamos estado en contacto con mi madre, mi padre y Carla, pero nadie sabía nada. Sabían que íbamos los cuatro…pero no que llevábamos un nuevo acompañante.

Carlos se moría de ganas por enseñar su nieta a mis padres. Les reunimos a todos en el aeropuerto. Carla, Mamá, Saimon, Papá y Emma. La relación era tensa, pero todo pareció flotar en un limbo cuando bajamos del avión, nos vieron por la puerta de embarque y vieron que Carlos llevaba un carrito de color azul cielo. Todos se quedaron serios, con los ojos abiertos hasta más no poder. Los nervios se apoderaron de todos y en unos segundos, todo estalló en alegría, lloros, besos, abrazos, más lloros, más lloros y más lloros.

Álex conocía además por primera vez a mis padres. Le abrazaron como a un hijo más. Y vi que se sintió cómodo.

Mamá y Papá estaban juntos. Carlos, Carla y yo los miramos y pensamos a la vez: “ojalá…” Ellos se miraron, incómodos, pero felices. Y miraron después a la pequeña Zoe, que a pesar de todo el jaleo que se había montado, seguía sin llorar, con un chupete rosa y unos ojos enormes. Sólo tenía una semana.

Emma estaba hasta agradable. Saimon no cabía en sí de alegría, como acostumbraba, aunque miró con cierta incomodidad a Álex. Carla le hacía ajitos a Zoe y todos nos mirábamos, llorábamos, nos reíamos y Carlos explicaba el misterio. Tan sólo quería hacer feliz a la familia de esta manera. Con esta explosión de alegría que sabía que vendría bien a todos.

…No podía ser otro. Cuánto le echaba de menos.

Nos repartimos por casas, Sally, Carlos y la pequeña Zoe vinieron a la mía, tenía sitio de sobra. Al día siguiente, 19 de julio, visitas y más visitas. Vino Marta, con su tripa de embarazada, a ver a mi sobrina. También rompió a llorar. Creo que había cambiado de opinión y después de pensar en quedarse al bebé, había decidido abortar. Pero al ver a la pequeña, se descolocó.

Vino Emma con papá y Carla. Después mamá y Sáimon.

Una auténtica locura. Pero una auténtica locura que no hubiera cambiado por nada del mundo.

Mis vacaciones duran hasta el 6 de agosto. No sé si me reincorporaré o pediré la baja. Y es que después de ese 19 de julio, la alegría descendió, como es habitual en esta maldita rueda.

Creo que necesito fuerzas. He escrito demasiado. No es bueno de momento. Necesito descansar. Necesito dar aire a mi mente. Y llorar. Te seguiré contando más en cuanto mis manos recobren algo de fuerza, querido diario.

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Frustraciones nocturnas

1 de julio

Querido diario, la vida sigue y los problemas crecen. Ya sabía que esto llegaría. Pienso  mucho acerca de ese bucle en el que nos metemos. Es como el tren de la bruja. Entras, pasas miedo, vuelves a salir, te calmas, vuelves a entrar, pasas el mismo miedo. Tropiezos, una y otra vez.

Para serte breve, le he dicho a James que es mejor que me olvide, porque el quiere a Ash y no quiero ser su capricho, además de que Álex se está portando mejor que bien.

Por otra parte, a Álex le he contado parte de lo de James. No los detalles, obviamente, pero quería que supiera que no era un simple hermanastro.

No quiero sentirme atada a Álex. Y digo esto porque con Sergio me sentí así y perdí la confianza, así que hace un par de días le eché valor, mis pecas casi explotan y le conté media verdad. Álex no sabía qué decir. Sólo preguntaba… “¿pero…y entonces?”. Y sólo le respondí: “Entonces nada”. Y le besé.

Me apetece estar con él. Hemos vuelto al hospital, hoy por la tarde. Hemos paseado de noche. Hemos hecho el amor demasiadas veces. Me acaricia el pelo. Y me dice que me parezco a la princesa del Super Mario, pero en pelirroja.

Por otra parte, James no me contestó y aún miro el Facebook cada noche, por si acaso…

Me encuentro en un momento de frustraciones nocturnas. Cuando llega el día, me levanto, hago café, me encuentro a la vecina al salir, cojo el coche de mi hermano, llego a la oficina, me tomo otro café y el mundo es distinto.

Es curioso, el otro día fuimos a Carrefour los dos juntos. Me gustaba y no me gustaba la sensación. Le dije que no quería ir más con él y si era así, podíamos hacer que no nos conocíamos, como al principio. Y como dos niños, o mejor, como dos tontos, él se fue a mirar sus cosas de deporte y yo, supuestamente, los ambientadores. Pero me asomaba a la sección donde estaba, que rápido se metió de lleno en los stand de bicis y accesorios y pensaba:

“Qué pantalones tan feos lleva, pero qué guapo… qué ojos tan bonitos… y su pelo. Tiene pinta de ser suave”.

Lo mismito que el primer día. Álex tiene algo especial. Es como si hubiera salido de un escondite donde se esconden los hombres buenos. Sigo sin verle la tara, porque su reacción ante lo de James fue de resignación y cuando le besé, pareció olvidarlo todo y de nuevo su cara me decía que se sentía a gusto conmigo.

Pero yo, sigo sintiéndome culpable. Frustrada. Y en el fondo… no sé si enamorada. Y eso, es un grandísimo problema.

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La balanza azul

25 de junio

Querido diario, ya sé que no te he escrito en cinco días, pero de repente, mis ánimos cayeron. Me vi envuelta en un lío de hombres innecesario de la noche a la mañana, me rayé como un vinilo gastado y lo mandé todo al carajo a las pocas horas de recibir tantos mensajes. Pero cuando digo todo, es TODO.

Para empezar, no contesté a James. Me ha estado avasallando a mensajes hasta el miércoles, que ya terminó con mensajes del tipo: “¿Qué pasa ahora?”, “¿Por qué no me contestas?”, “¿qué he hecho mal?”. De manera estratégica, hablaba con Sáimon y le preguntaba disfrazadamente por mí, por lo menos para saber que estaba bien, cosa que le dolía más, porque estaba bien, no había pasado ninguna catástrofe y no le contestaba porque no quería.

Y yo, seguía sin entender esa situación. De repente Ash es un cero a la izquierda y se desvive por mí. No puedo entenderlo. Tenía truco… seguro. Pero no lograba saber qué era. Y sigo sin saberlo.

Con Álex pasó algo similar. Me estuvo llamando y escribiendo mensajes durante tres días seguidos, a la par que James. Parecía que se ponían de acuerdo.

Cada mensaje que recibía, más empezaba a odiarlos.”Odiarlos”.

Álex me preguntó también que qué es lo que me pasaba. Y el miércoles ya se enfadó ante mis negativas y mi des-apetencia repentina a todo y dejó de intentarlo más.

El miércoles de repente pensé:

“Es hora de balanzas”

Siempre que me agobio, intento imaginarme una balanza en la que peso las cosas como si fueran paquetes de carne picada o salchichas de pollo de la carnicería. Había conseguido cargarme dos “relaciones” de un disparo. Podía ser tan desagradable que todo mi poder hacía que mis pecas se quedasen blancas y perdiera el interés hasta por los granizados.

Cuando me pasa eso, me entra el miedo, porque temo perder el control. Es entonces cuando intento con todas mis fuerzas hacer una balanza. Me la imagino en color azul.

Por un lado: James

1. sus ojos

2. su pelo revuelto

3. sus besos de agua fresca

4. su palabrería medio española, medio inglesa

5. su “i love your eyes too”

6. Ash (-1)

7. su repentino interés por mí (-1)

8. su viaje sorpresa

9. sus abrazos.

Por otro lado: Álex

1. sus ojos

2. su pelo

3. sus pantalones feos (-1)

4. sus amapolas de papel

5. sus sonrisas

6. su ilusión por todo

7. su deseo de sorprenderme

8. su buena palabra siempre

9. su habitación rara

10. su mirada de niño

11. su inocencia

12. su té casero

13. su paciencia

14. su cansancio (-1)

15. su deseo por verme.

Apunto todo lo que me pasa por la cabeza cuando pienso en los dos lados y después sumo y resto con los dedos. Es simple y banal, quizás un poco superficial, pero para salir del paso y no acabar como una manzana podrida, me vale.

Resumiendo: James= 9-2= 7. Álex=15-2=13. Gana Álex la primera tanda de la balanza.

El miércoles por la noche retomé mi conciencia y mis mensajes de móvil y privados de Facebook.

Escribí a James y le dije que necesitaba un poco de tiempo de asimilación de todo esto, le dije que no entendía lo de Ash, tan repentino y… ya está. No fui capaz de decirle nada de Álex.

Lo mismo me pasó con Álex. No fui capaz de contarle nada de James. Me sentía fatal. Mentirosa. Traidora. Pero no pude hacerlo. A Álex le pedí disculpas y le dije que había pasado malos días. Eso no era mentira. Mi dispersión en el mundo había sido prácticamente del 100%.

Y me sorprendieron las respuestas: James no contestó. Álex sí. De hecho me dijo que no pasaba nada, que si estaba mejor y que tenía otra figura de papel para mí desde el sábado pasado esperando en su mesa.

Cuando leí su mensaje, lloré. Me sentía aún peor. Pero esa noche la pasé con él. Y el jueves.

Hoy es cuando he vuelto a casa después de haber aprendido a hacer té casero, de haberme encontrado con un gato de papel al que había puesto de nombre Terry y de haber abrazado a Álex a sabiendas de todo lo que había detrás. Sigo sintiéndome fatal, porque esta noche Álex viene a pasar la noche a mi casa, pero si recibiera un mensaje de James diciéndome que viene a Madrid de nuevo… no sé qué haría, después de todo lo ocurrido.

Los seres humanos somos los únicos que tropezamos con las mismas piedras, en el mismo sitio, una y otra vez. Y yo, como humana y torpe, soy una experta, por muchas balanzas azules que me imagine.

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Domingo. Round 4.

Llegaron las 6.00. James se levantó para ducharse, yo lo hice después, aunque me moría de ganas por haberme metido con él en la ducha. Ojos cansados y tristes. También desahogados.

Llegamos al aeropuerto bastante antes del embarque y tomamos un café en una cafetería de la terminal.

-          Me gustaría que vinieras a Inglaterra.

-          James, estás completamente loco. Si quieres podemos dormir los tres juntos, para no perder la chispa.

Era inglés pero se sabía todas. Bajó la cabeza y sonrió como pensando: “qué graciosa”.

Le dije que me había gustado su visita, sus palabras, sus ojos, sus besos, sus abrazos, él y que le deseaba un feliz vuelo de vuelta.

Él cogió su macuto, se puso en la fila de embarque y cuando iba a pasar el control de policía me dijo a través de los cristales un perfecto “Love you”, que entendí a la perfección.

En ese momento me di la vuelta y me marché corriendo. He llegado, he dejado las cosas en el sofá y me he metido en la cama sin ni siquiera ponerme el pijama. Me he quedado dormida, que es lo único que quería y ya no por el sueño, sino porque necesitaba soñar y salir de la realidad en la que me había metido y ahora me parecía una tela de araña. Por tonta, otra vez.

He soñado desde las 9.00 más o menos hasta las 19.00 aproximadamente. Me he despertado y tenía tres mensajes en el móvil:

Marta. Recibido a las 17.35: “¿Qué tal con tu “hermanito”?

James. Recibido a las 9.15: “Ya salgo. Duerme princesa. Para mí estos días contigo han sido un sueño. Gracias.”

Álex. Recibido a las 18.30: “¿Sigues de finde familiar?

He apagado el móvil y me he pasado la tarde pensando. En el sofá. En la bañera. En la ventana. En la cocina. Pero pensando. Sin hacer nada más.

Y ahora que acabo de terminar de contarte esta locura que no sé si la he soñado hoy o realmente ha pasado de verdad y no quiero darme cuenta aunque en el fondo me haya gustado, me voy a volver a tumbar en la cama, mirando hacia el techo a intentar sacar algo claro de todo esto, si no me quedo antes dormida.

Me gusta buscar animales en el gotelé… Zoe, concéntrate.

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Capítulo 3. Sábado por la mañana: Round 3.

A las 8.00 ya estaba con los ojos como platos en la ducha. No pestañeaba y el agua caía por mis ojos como si fuera una estatua. No suele gustarme esa sensación y no sé si achacarlo al estado de shock en el que me encontraba fruto de los nervios o al sueño, porque me había pasado la noche echando pulsos.

No sé si consciente o inconscientemente, pero me puse uno de los vestidos que mejor me quedaban y me ricé el pelo como tan sólo sabía hacer cuando quería gustar. Quiero pensar que fue porque los sábados por la mañana me gustan especialmente porque no hay que trabajar, por ejemplo.

Fui a casa de mi padre a por el coche de Carlos. Estaba nuevo. Brillante, negro y con una foto de todos en el parasol. Se acababan de levantar, menos Carla. Emma pasó de largo con un seco “Buenos días, Zoe” y siguió con sus rulos a la cocina, donde olía a café.

Papá me acarició el pelo y me dijo que a qué se debía el ir tan guapa… ¿reuniones de trabajo un sábado por la mañana?

-          Hum… no… bueno… es que en realidad los sábados por la mañana me siento bien…

-          Zoe, por dios, la tontería más grande que me has dicho en veintitantos años de tu vida…

-          Bueno, en realidad voy a buscar al aeropuerto a James.

-          ¿James?

-          Sí, pero calma, no te vayas por donde ya te estás yendo. Nada de novios ¿eh? Es el hijo del novio de mamá.

Hubo un silencio y miradas hacia el suelo.

-          Perdona papá…

-          No, no te preocupes hija. ¿Y por qué motivo viene?¿Os lleváis bien?

-          Ahm… sí…bueno, pero nada, son cosas de trabajo. Pero tenemos confianza y quería dar una sorpresa a su padre y … bueno, mejor no digas nada para que nadie lo sepa ¿vale? …Es una sorpresa.

-          No diré nada, preciosa.

Me gustaba pensar que papá seguía hasta las trancas por mamá. Y que mantenía todos mis secretos.

A las 10.30 ya estaba en el aeropuerto. El vuelo llegaba con retraso y sólo me hacía falta un retraso de su vuelo para ponerme más neurótica. Sacaba mi espejo, lo volvía a guardar. Me cogía un rizo, lo volvía a dejar. Paseaba. Me sentaba y de repente veo en las pantallas que el vuelo de James estaba desembarcando por la puerta G. Vaya, qué oportuna. Puerta “G”.

En 10 minutos eternos James acabó saliendo por la chistosa puerta con su macuto y su pelo revuelto. Recordé en un flash el beso que me dejó los labios mojados. Me puse muy nerviosa.

-          Gracias por venir, Zoe.

Me dijo con su acento inglés y su perfecto español.

-          No hay de qué…

-          Nadie sabe que estoy aquí…

-          Sí, ya entiendo…

Eso quería decir: Zoe, tienes invitados.

Así que nos fuimos a mi casa, en mi coche “nuevo”. James me hizo mil preguntas sobre él y cuando le dije que era de mi hermano, que vivía en Inglaterra, se le abrieron los ojos con un “¿Y cuándo vas a ir a verle?”

El nerviosismo ayer me hizo estar muy parca en palabras. Rozando el extremo más borde.

Le respondí con un vacío: “no sé”.

Llegamos, le enseñé mi casa, le gustó, le presenté a Terry, también le gustó y me dijo que qué originales las amapolas de papel.

Dios mío, ¿querían dejar de mezclarse unos con otros?

James fue claro y me dijo esa frase que tanto miedo produce a todos los mortales por lo que pueda venir después:

-          “Zoe, tenemos que hablar.”

Yo estaba colocando los sofás, por no mantenerme inmóvil mirándole como una tonta y paré para decirle:

-          Lo sé…

Me cogió de la mano y nos sentamos en el sofá. No tenía valor para mirarle a los ojos. Esos que tanto me gustaban. No dejé que hablase y le dije:

-          Mira James. Está claro. Y siempre lo ha estado, ¿vale? Pero sabes que es imposible. Tú tienes tu vida. Tú tienes a Ash y yo tengo la mía…

-          Y tú tienes a Álex… ¿verdad?

La saliva que tragué fue como una ola de mar salada que se traga a un barco.

-          No…bueno… sí… En realidad no. No somos nada más que amigos. Nos estamos conociendo, sin más y no quiero hacerle daño. Y además James, es que no puede ser.

-          ¿El qué no puede ser?

Me quedé sin palabras.

-          Zoe, desde que mi padre nos presentó hace meses me gustaste. Ash no es lo mismo para mí. No hay apenas sexo. Se me entremezclan los pelirrojos en mi cabeza y me acuerdo más de tus ojos, que de los tuyos. Aquella noche sabía que estarías despierta y por eso pasé por el salón para beber agua. No tenía sed. Pero te vería. Y te besé, que lo quería desde que te vi entrar por la puerta.

Volví a quedarme sin palabras. En realidad me asaltaban unas cuantas preguntas:

¿Qué es lo que no podía ser?, ¿Qué significaba “apenas hay sexo?, ¿Qué significaba “Ash no es lo mismo”?, ¿Qué era Álex para mí?, ¿por qué hablaba tan bien español?

En fin, que al final, nos volvimos a besar. No sé ni cómo, ni por qué, ni en qué momento se llegó al consenso.

Después me sentía mal. Intenté acordarme de lo que Marta me dijo, pero ya era demasiado tarde. Y yo demasiado neurótica.

Comimos algo en casa y nos pasamos la tarde hablando de todo eso que no podía ser y sobre todo, hablando de su relación con Ash. Como si fuéramos dos amigos normales.

Había momentos en los que todo me parecía surrealista y paradójico. Pero la vida es así de surrealista.

Resulta que en los últimos meses no hacía más que discutir con Ash. Ella se había ido una temporada a vivir con su madre al sur de Inglaterra y quedaban como si acabasen de empezar la relación, para ver si podían retomarla de alguna manera, como aquella peli que vi que tanto me gustó… “Olvídate de mí”, de Jim Carrey y Kate Winslet. Pero según James él no encontraba en ella lo que encontró años atrás.

Es cierto que hay momentos en la vida en los que después de conocer a una persona y enamorarte de ella por algo en concreto, pasa el tiempo y la vida misma te decepciona quitándote eso que tanto te gustaba. Porque la persona, no tiene la culpa. Eres tú quién lo ha perdido. Y tampoco tienes la culpa.

James decía que todo había empeorado desde que me conoció. Ash no intuía nada, decía. Pero yo sé que sí, porque esa mirada que me echó cuando vino era de una mujer celosa y preocupada por su relación ante una posible enemiga.

No me gusta sentirme enemiga de las mujeres. Me parece patético. Pero así somos.

James me estaba confesando que le gustaba, no “que estaba enamorado de mí”, porque quizás sonaba un poco fuerte y precipitado, pero que lo tenía “loco”, sí.

Y Álex en su casa, viendo pelis.

Intenté no pensar más que en que James y yo éramos amigos-hermanastros y nos fuimos a La Latina a tomar unas cañas. Lo que le prometí aquel día en el aeropuerto.

Era imposible mantener ese binomio “amigos-hermanastros”. Las miradas, las caricias y algún beso en el cuello que me daba cuando volvía del baño en algún bar, decía que quería ser algo más. Yo no sé si quería. Lo que sí sabía es que en ese momento, estaba disfrutando, pero dios mío, lo que vendría después sería peor que los bombardeos de Hiroshima.

Con tanta cerveza al final nos alegramos más de lo suficiente y paseando por Madrid, terminamos en el Templo de Debod. Me encanta ese sitio. A James también le encantó. Afirmaba una y otra vez que amaba Madrid. Con buen tiempo, Madrid es agradable. Ayer en el templo de Debod había gente. Pero se estaba bien. Y allí, al lado del mirador, con el Palacio de Oriente detrás, me besó como si no quisiera que se acabase ese momento. Me acarició el pelo, me miró a los ojos y me repitió: “I love your eyes.”

Dios mío, en qué me estaba metiendo…

“Somos hermanastros Zoe, somos hermanastros Zoe, somos hermanastros Zoe.”

¡Qué mierdas! No somos hermanastros! O bueno, sí, pero joder, no puedo negar lo evidente. ¿Es que nadie nunca se ha visto entre dos mares y ha querido a los dos?

Bueno, ¡que no quiero a nadie!

No lo sé…

Volvimos a casa. Paramos a cenar de camino en un wok, que me apasionan y seguimos de camino a casa. Sólo iba pensando en que sabía que pasaría, sabía que pasaría y sabía que pasaría.  Además, a esas alturas de día yo ya estaba completamente inmersa en sus ojos y en su pelo.

Subiendo las escaleras por un momento me paré y dejé de pensar. Me quedé en blanco. James me preguntó que si me pasaba algo y tan sólo me salió subir un par de escalones, abrazarlo y empezar a besarlo. La tensión hizo que él me llevase los escalones que faltaban en brazos, que casi partiera la llave de casa, que sin querer pateásemos a Terry y que lo que viniera después fuera lo más intenso  “looong, long time ago”.

Al terminar, encendí un par de barritas de incienso y unas velas. Quería hacerlo especial porque en las escaleras me propuse no pensar. Ya había pensado a lo largo de mi vida mucho tiempo y joder, estaba harta!

Me dijo que lo deseaba desde hace tiempo. Le dije que yo también. Y tan sólo nos dedicamos a mirar al techo, oliendo el incienso y sintiendo los latidos, uno del otro.

Pasamos media noche en vela. Hablando, besándonos, haciendo el amor, riéndonos.

Alrededor de las 4.30 de la mañana, cuando el sueño te hace decir verdades, me dijo:

-          ¿Y Álex?

-          ¿Y Ash?

Silencio.

Los cuernos se los estaba poniendo literalmente él a ella, porque yo no tenía nada con Álex. Éramos más que amigos, pero amigos como núcleo literal. O ese era mi convencimiento.

Le dije que todo era difícil. Él allí, yo aquí. Las visitas fugaces de este tipo nos harían daño después. Y la situación al final sería insostenible.

Dejé de ser de hielo y me derretí, confesándole lo que a veces no hay que confesar a un hombre, pero que normalmente, solemos hacerlo:

-          Mira James, me encantas desde el primer día que te vi, también yo caí. Aquella noche me encantó y he pensando en ello día sí y día también. Álex es muy buena persona y en este momento no diré que quiero a nadie, porque no lo hago. No quiero hacerlo. Tampoco a ti. No sé qué va a pasar a partir de ahora. Sólo sé que te vas dentro de cuatro horas, que en un par de horas tendremos que estar en el aeropuerto y que ahora me apetece abrazarte para pasarlas contigo, como si no existiera nada más.

Me sentí una verdadera estúpida demostrando mi transparencia. No me gusta hacerlo, pero me salió. Y James me contestó:

-          Lo que tu digas, princesa.

Y nadie habló más.

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