A las 8.00 ya estaba con los ojos como platos en la ducha. No pestañeaba y el agua caía por mis ojos como si fuera una estatua. No suele gustarme esa sensación y no sé si achacarlo al estado de shock en el que me encontraba fruto de los nervios o al sueño, porque me había pasado la noche echando pulsos.
No sé si consciente o inconscientemente, pero me puse uno de los vestidos que mejor me quedaban y me ricé el pelo como tan sólo sabía hacer cuando quería gustar. Quiero pensar que fue porque los sábados por la mañana me gustan especialmente porque no hay que trabajar, por ejemplo.
Fui a casa de mi padre a por el coche de Carlos. Estaba nuevo. Brillante, negro y con una foto de todos en el parasol. Se acababan de levantar, menos Carla. Emma pasó de largo con un seco “Buenos días, Zoe” y siguió con sus rulos a la cocina, donde olía a café.
Papá me acarició el pelo y me dijo que a qué se debía el ir tan guapa… ¿reuniones de trabajo un sábado por la mañana?
- Hum… no… bueno… es que en realidad los sábados por la mañana me siento bien…
- Zoe, por dios, la tontería más grande que me has dicho en veintitantos años de tu vida…
- Bueno, en realidad voy a buscar al aeropuerto a James.
- ¿James?
- Sí, pero calma, no te vayas por donde ya te estás yendo. Nada de novios ¿eh? Es el hijo del novio de mamá.
Hubo un silencio y miradas hacia el suelo.
- Perdona papá…
- No, no te preocupes hija. ¿Y por qué motivo viene?¿Os lleváis bien?
- Ahm… sí…bueno, pero nada, son cosas de trabajo. Pero tenemos confianza y quería dar una sorpresa a su padre y … bueno, mejor no digas nada para que nadie lo sepa ¿vale? …Es una sorpresa.
- No diré nada, preciosa.
Me gustaba pensar que papá seguía hasta las trancas por mamá. Y que mantenía todos mis secretos.
A las 10.30 ya estaba en el aeropuerto. El vuelo llegaba con retraso y sólo me hacía falta un retraso de su vuelo para ponerme más neurótica. Sacaba mi espejo, lo volvía a guardar. Me cogía un rizo, lo volvía a dejar. Paseaba. Me sentaba y de repente veo en las pantallas que el vuelo de James estaba desembarcando por la puerta G. Vaya, qué oportuna. Puerta “G”.
En 10 minutos eternos James acabó saliendo por la chistosa puerta con su macuto y su pelo revuelto. Recordé en un flash el beso que me dejó los labios mojados. Me puse muy nerviosa.
- Gracias por venir, Zoe.
Me dijo con su acento inglés y su perfecto español.
- No hay de qué…
- Nadie sabe que estoy aquí…
- Sí, ya entiendo…
Eso quería decir: Zoe, tienes invitados.
Así que nos fuimos a mi casa, en mi coche “nuevo”. James me hizo mil preguntas sobre él y cuando le dije que era de mi hermano, que vivía en Inglaterra, se le abrieron los ojos con un “¿Y cuándo vas a ir a verle?”
El nerviosismo ayer me hizo estar muy parca en palabras. Rozando el extremo más borde.
Le respondí con un vacío: “no sé”.
Llegamos, le enseñé mi casa, le gustó, le presenté a Terry, también le gustó y me dijo que qué originales las amapolas de papel.
Dios mío, ¿querían dejar de mezclarse unos con otros?
James fue claro y me dijo esa frase que tanto miedo produce a todos los mortales por lo que pueda venir después:
- “Zoe, tenemos que hablar.”
Yo estaba colocando los sofás, por no mantenerme inmóvil mirándole como una tonta y paré para decirle:
- Lo sé…
Me cogió de la mano y nos sentamos en el sofá. No tenía valor para mirarle a los ojos. Esos que tanto me gustaban. No dejé que hablase y le dije:
- Mira James. Está claro. Y siempre lo ha estado, ¿vale? Pero sabes que es imposible. Tú tienes tu vida. Tú tienes a Ash y yo tengo la mía…
- Y tú tienes a Álex… ¿verdad?
La saliva que tragué fue como una ola de mar salada que se traga a un barco.
- No…bueno… sí… En realidad no. No somos nada más que amigos. Nos estamos conociendo, sin más y no quiero hacerle daño. Y además James, es que no puede ser.
- ¿El qué no puede ser?
Me quedé sin palabras.
- Zoe, desde que mi padre nos presentó hace meses me gustaste. Ash no es lo mismo para mí. No hay apenas sexo. Se me entremezclan los pelirrojos en mi cabeza y me acuerdo más de tus ojos, que de los tuyos. Aquella noche sabía que estarías despierta y por eso pasé por el salón para beber agua. No tenía sed. Pero te vería. Y te besé, que lo quería desde que te vi entrar por la puerta.
Volví a quedarme sin palabras. En realidad me asaltaban unas cuantas preguntas:
¿Qué es lo que no podía ser?, ¿Qué significaba “apenas hay sexo?, ¿Qué significaba “Ash no es lo mismo”?, ¿Qué era Álex para mí?, ¿por qué hablaba tan bien español?
En fin, que al final, nos volvimos a besar. No sé ni cómo, ni por qué, ni en qué momento se llegó al consenso.
Después me sentía mal. Intenté acordarme de lo que Marta me dijo, pero ya era demasiado tarde. Y yo demasiado neurótica.
Comimos algo en casa y nos pasamos la tarde hablando de todo eso que no podía ser y sobre todo, hablando de su relación con Ash. Como si fuéramos dos amigos normales.
Había momentos en los que todo me parecía surrealista y paradójico. Pero la vida es así de surrealista.
Resulta que en los últimos meses no hacía más que discutir con Ash. Ella se había ido una temporada a vivir con su madre al sur de Inglaterra y quedaban como si acabasen de empezar la relación, para ver si podían retomarla de alguna manera, como aquella peli que vi que tanto me gustó… “Olvídate de mí”, de Jim Carrey y Kate Winslet. Pero según James él no encontraba en ella lo que encontró años atrás.
Es cierto que hay momentos en la vida en los que después de conocer a una persona y enamorarte de ella por algo en concreto, pasa el tiempo y la vida misma te decepciona quitándote eso que tanto te gustaba. Porque la persona, no tiene la culpa. Eres tú quién lo ha perdido. Y tampoco tienes la culpa.
James decía que todo había empeorado desde que me conoció. Ash no intuía nada, decía. Pero yo sé que sí, porque esa mirada que me echó cuando vino era de una mujer celosa y preocupada por su relación ante una posible enemiga.
No me gusta sentirme enemiga de las mujeres. Me parece patético. Pero así somos.
James me estaba confesando que le gustaba, no “que estaba enamorado de mí”, porque quizás sonaba un poco fuerte y precipitado, pero que lo tenía “loco”, sí.
Y Álex en su casa, viendo pelis.
Intenté no pensar más que en que James y yo éramos amigos-hermanastros y nos fuimos a La Latina a tomar unas cañas. Lo que le prometí aquel día en el aeropuerto.
Era imposible mantener ese binomio “amigos-hermanastros”. Las miradas, las caricias y algún beso en el cuello que me daba cuando volvía del baño en algún bar, decía que quería ser algo más. Yo no sé si quería. Lo que sí sabía es que en ese momento, estaba disfrutando, pero dios mío, lo que vendría después sería peor que los bombardeos de Hiroshima.
Con tanta cerveza al final nos alegramos más de lo suficiente y paseando por Madrid, terminamos en el Templo de Debod. Me encanta ese sitio. A James también le encantó. Afirmaba una y otra vez que amaba Madrid. Con buen tiempo, Madrid es agradable. Ayer en el templo de Debod había gente. Pero se estaba bien. Y allí, al lado del mirador, con el Palacio de Oriente detrás, me besó como si no quisiera que se acabase ese momento. Me acarició el pelo, me miró a los ojos y me repitió: “I love your eyes.”
Dios mío, en qué me estaba metiendo…
“Somos hermanastros Zoe, somos hermanastros Zoe, somos hermanastros Zoe.”
¡Qué mierdas! No somos hermanastros! O bueno, sí, pero joder, no puedo negar lo evidente. ¿Es que nadie nunca se ha visto entre dos mares y ha querido a los dos?
Bueno, ¡que no quiero a nadie!
No lo sé…
Volvimos a casa. Paramos a cenar de camino en un wok, que me apasionan y seguimos de camino a casa. Sólo iba pensando en que sabía que pasaría, sabía que pasaría y sabía que pasaría. Además, a esas alturas de día yo ya estaba completamente inmersa en sus ojos y en su pelo.
Subiendo las escaleras por un momento me paré y dejé de pensar. Me quedé en blanco. James me preguntó que si me pasaba algo y tan sólo me salió subir un par de escalones, abrazarlo y empezar a besarlo. La tensión hizo que él me llevase los escalones que faltaban en brazos, que casi partiera la llave de casa, que sin querer pateásemos a Terry y que lo que viniera después fuera lo más intenso “looong, long time ago”.
Al terminar, encendí un par de barritas de incienso y unas velas. Quería hacerlo especial porque en las escaleras me propuse no pensar. Ya había pensado a lo largo de mi vida mucho tiempo y joder, estaba harta!
Me dijo que lo deseaba desde hace tiempo. Le dije que yo también. Y tan sólo nos dedicamos a mirar al techo, oliendo el incienso y sintiendo los latidos, uno del otro.
Pasamos media noche en vela. Hablando, besándonos, haciendo el amor, riéndonos.
Alrededor de las 4.30 de la mañana, cuando el sueño te hace decir verdades, me dijo:
- ¿Y Álex?
- ¿Y Ash?
Silencio.
Los cuernos se los estaba poniendo literalmente él a ella, porque yo no tenía nada con Álex. Éramos más que amigos, pero amigos como núcleo literal. O ese era mi convencimiento.
Le dije que todo era difícil. Él allí, yo aquí. Las visitas fugaces de este tipo nos harían daño después. Y la situación al final sería insostenible.
Dejé de ser de hielo y me derretí, confesándole lo que a veces no hay que confesar a un hombre, pero que normalmente, solemos hacerlo:
- Mira James, me encantas desde el primer día que te vi, también yo caí. Aquella noche me encantó y he pensando en ello día sí y día también. Álex es muy buena persona y en este momento no diré que quiero a nadie, porque no lo hago. No quiero hacerlo. Tampoco a ti. No sé qué va a pasar a partir de ahora. Sólo sé que te vas dentro de cuatro horas, que en un par de horas tendremos que estar en el aeropuerto y que ahora me apetece abrazarte para pasarlas contigo, como si no existiera nada más.
Me sentí una verdadera estúpida demostrando mi transparencia. No me gusta hacerlo, pero me salió. Y James me contestó:
- Lo que tu digas, princesa.
Y nadie habló más.